LA HERENCIA
Él, hablaba de sus parientes en Italia. Nadie creía sus historias, pero insistía que alguien en ese país llevaba su misma sangre.
Nunca se enojaba de las
burlas, se reía con ellos. Además de su primer apellido italiano, él llevaba
también sangre suiza desde su lado materno.
Nadie le preguntaba de su
madre, parecía ser intocable, tanto que ni él podía pronunciar su recuerdo.
Un día decidió enviar una
carta a Italia, casi como una aventura. Sus hermanos no quisieron ser parte de
algo que consideraban absurdo.
En cambio, él sentía que
nada perdía con escribir una carta a la viejita que se suponía sería su tía.
Sin expectativa de que la
tía entendiera el español y de que la carta llegara a la dirección correcta,
fue al correo. Después olvidaría el asunto y continuaría con sus actividades.
Hacía que su vida de
jubilado fuera diferente cada día. Desarmaba y volvía a armar, radios, dínamos,
cualquier objeto eléctrico de la casa.
También le gustaba salir
y aventurarse en su pequeño auto, acampar, pescar, viajar conociendo su ciudad,
no podía quedarse en casa sentado viendo televisión. Cuando lo hacía era para
comer su salame y fumar.
Así es como la carta
podría perderse y jamás llegar a su destino.
Sorprendiendo a todos en
su familia, pasaron los años hasta que el cartero llegó con la carta de respuesta
desde Italia.
Tratando de traducir y descifrar
las palabras escritas por una persona de edad avanzada, emocionados y ansiosos
se enteraban de la existencia de la tía.
Él y su mujer sonreían,
pero en su cabeza ya estaba planeando el viaje. Subiendo al avión esperaba que
el viaje fuera rápido para fumar a su llegada.
Cuando vieron la casa se
dieron cuenta que todo era real, así como la dueña. La tía restringía las
duchas diarias explicando que allá cuidaban el agua. Él se reía y entendía el
olor que había por todos lados.
Buscaban siempre comer
fuera de casa ya que la tía apenas se alimentaba y no le gustaba el olor al cigarro.
Fueron algunos días de
visita y entre despedidas se prometieron hablar por teléfono.
Nunca llamó la tía y así
pasaron los años.
Un día recibieron una
llamada, era un hombre que hablaba en italiano tratando de comunicarse con él.
La tía había muerto unos
meses atrás, les dejaba la casa como herencia para él y sus hermanos.
Se reunieron todos los
herederos y entre comida y vino celebraban por el dinero que recibirían. Ya
nadie se burlaba de él, ahora todos querían saber del viaje, la casa y la tía.
Los papeles se enviaron a
Italia. Debían esperar con paciencia. La ansiedad llevó a la desconfianza, tal
vez todo era mentira.
Una noche él comenzó a
sentir un fuerte dolor en su pecho, trataba de levantarse para dejar de sentir
ese malestar, pero nada resultaba.
Su esposa sabía que algo
grave estaba ocurriendo y llamó a un vecino para llevarlo al hospital. Murió en el trayecto dentro de su auto
querido.
Y ahora ¿qué pasaría con
la herencia?, se preguntaban los hermanos.
Su viuda sería la
heredera. Ella les anunciaría después de semanas de duelo y dolor que no
aceptaría la herencia.
Ella siguió su vida,
viajando y jugando juegos de mesa como lo hacía con él. Nadie entendía su decisión,
fue criticada por sus familiares, pero ella extrañaba su olor a tabaco, su
risa, su tos, su panza y no la herencia.
Siempre que le
preguntaban ¿por qué había rechazado el dinero?, ella se quedaba en silencio
como esperando que él respondiera por ella.
(M.ROB 2022)
Domingo por la noche y yo disfrutando de estos cuentos... como si ese tío fuera mi tío
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